lunes, 26 de noviembre de 2007

Presentación de José Luis Gómez Toré para "Sonetos del útero"

"Sonetos del útero es un libro ambicioso, lo que, a mi modo de ver, constituye uno de sus principales atractivos. Quizá me equivoque, pero tengo la impresión de que actualmente abundan los poemarios correctamente escritos, con cierto dominio de la técnica pero sin ambición ninguna. Este no es el caso, desde luego, de los Sonetos. La apuesta de Óscar Curieses no es una elección fácil. No responde desde luego a los cánones de lo que ha sido la poesía mayoritaria en España (que no en español) en los últimos veinte años. Es ésta una poesía que busca padres incómodos pero imprescindibles como César Vallejo, cuyo libro Trilce (y no sólo Trilce) me atrevo a sugerir que ha dejado honda huella en el poeta de los Sonetos del útero.

En este poemario, Óscar Curieses nos invita a una entrada en materia, a una exploración en la materia y en el cuerpo. Hay aquí una pregunta por el origen, que va más allá de la habitual nostalgia por una Edad de Oro. O si hay una fugaz Edad de Oro (“para que los niños sigan siendo niños”, escribe el poeta) es una Edad que aúna lo paradisíaco y lo infernal, una edad presidida por Saturno, una de las figuras más ambivalentes de la mitología grecolatina. Como se sabe, Saturno era a un tiempo el padre benévolo de los siglos dorados y el asesino devorador de sus propios hijos. En los poemas de Óscar, el retorno a los orígenes nos lleva a territorios incómodos, a peligrosos paisajes de nuestra intimidad. En el poema late la fascinación, que es también terror, ante el misterio de nuestra carne hecha de tiempo. Como tal vez diría Bachelard, creo que hay aquí una suerte de psicoanálisis de la materia, siempre que tomemos la palabra psicoanálisis es un sentido metafórico. Me atrevería incluso a decir que el cuerpo cumple aquí un papel similar al del inconsciente freudiano: el cuerpo es memoria pero una memoria que se hunde en sedimentos tan profundos que convierte la biografía en mito. En esa memoria abisal, tan parecida al olvido, el yo tiene el rostro de los otros o de Nadie.

Memoria que es carne o carne que es memoria. La realidad se crea cada día, también en el territorio sagrado del cuerpo (corporalidad que se comprende palabra en la poesía de Óscar Curieses). “Confiésame/ lo que sentiste ayer cuando nacíamos”. Como en Bataille, el erotismo se revela en estos poemas como ser y no ser, como vida y como muerte. En los cuerpos se repite la danza alegre y terrible de Siva, el Destructor, sobre los mundos. Eros y Tánatos se miran y se reconocen como hermanos. Y junto al erotismo de los cuerpos, el erotismo del lenguaje (ya André Breton nos recordaba que, en poesía, las palabras hacen el amor).

“Alma, le digo yo a mi cuerpo entero”. El cuerpo exige aquí sus derechos y pide la palabra. En ese lenguaje corporal todas las categorías se confunden: identidades sexuales, padres e hijos, tiempos y límites, lo animal y lo humano, lo vivo y lo inerte... Son esas biolencias que el poeta escribe con “b” (“bio-lencia”, biología, vida que no puede ser agotada por el lenguaje cotidiano y que la escritura debe inventar una y otra vez) Se trata de una violencia creadora, donde el rito de la muerte más que pasaje hacia un renacer, constituye por sí mismo un nacimiento. Y sin embargo, no deja de ser violencia, y por ello late en ella siempre una amenaza.

Óscar sabe que el lenguaje poético es un espacio de metamorfosis. Por ese carácter metamórfico, también aquí el lenguaje se siente recién creado, se inventa su propia sintaxis y su propia ortografia. No poca importancia tiene el hecho de que los sonetos a los que alude el título están muy lejos de la forma canónica : el autor radicaliza la disolución del soneto, ya presente en autores como Cummings o Neruda, lo que le permite trazar una tensión fecunda entre el lenguaje heredado y la propia voz. Sonetos sin rima, sonetos truncados o desbordados por la propia voz que los nutre, sonetos que se deshacen para convertirse incluso en poemas en prosa, los Sonetos del útero nos obligan, desde la propia estructura del poema, a repensar nuestro diálogo con la tradición poética.


El soneto canónico tiende a convertirse en una forma cerrada sobre sí misma. Y no sólo por su estructura fija: a pesar de que acoge multitud de temas, sin embargo no es raro verlo vinculado a determinadas temáticas (así, por ejemplo, el soneto amoroso de la lírica petrarquista). Dicha forma cerrada se ejemplifica, por ejemplo, en los procedimientos de diseminación-recolección, estudiados por Dámaso Alonso, en el valor de conclusión que suele alcanzar el terceto final o en el cierre con pareado de tono sentencioso que encontramos en Shakespeare y que retoma Borges. En corrientes artísticas como el Barroco o el Simbolismo, en las que la belleza surge como una angustiada pregunta frente al caos del mundo, el soneto es con frecuencia un orbe autónomo, un jardín cerrado, una joya magistralmente tallada por el artista pero una joya de dureza casi impenetrable. Los Sonetos del útero constituyen, sin embargo, formas abiertas. O para ser más precisos, ofrecen una tensión muy moderna entre formas cerradas y formas abiertas, entre las fuerzas centrípetas y centrífugas del lenguaje. El poeta nos sitúa, desde la propia construcción del poema, en una palabra que se quiere nacimiento, que, como Penélope, teje y desteje sin cesar su trama de símbolos y voces. Lenguaje en estado de gestación: lo que tal vez debería ser siempre la poesía.

José Luis Gómez Toré

(Este texto reproduce, de manera fidedigna, las palabras pronunciadas por J. L. Gómez Toré durante la presentación de Sonetos del útero en la librería La Central del MNCARS de Madrid).

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